Mi puta relatividad, la música y yo.

Pienso a veces y otras no mientras Loud Pipes de Ratatat (http://www.youtube.com/watch?v=64liF2VuLxI) retumba en mi cabeza como un martillo despiadado que me remueve todo con sus graves y que me lleva alto con sus agudos.

‘Trasnochada, tú y tu puta relatividad’ me dijo La Chilena un día. La llevo en el bolsillo a la relatividad, a ella ahí y a la música en todo el cuerpo. En cada célula, en cada trocito de piel y tejido de mi ser. Y así yo, mi puta relatividad y la música miramos para los lados las tres juntas y no nos importa nada. Ni lo 30 grados en febrero ni las sonrisas ni cada una de las convenciones que tanto nos divierte fingir: ‘Hola, me llamo Trasnochada, soy idiota, sí’ y todos se quedan tranquilos y yo también, porque a los idiotas siempre se les deja en paz. Todo está vacío y lleno, lleno hasta los bordes, ese lleno que sólo sientes cuando estás a punto de explotar. Pero luego nunca explotas. Ese lleno que sólo sientes cuando hay vacío.

Y pasamos horas sintiendo que la realidad sólo está ahí cuando cerramos los ojos, cuando escuchamos sonidos que nunca habíamos oído antes, cuando mientras unas manos me acarician yo pienso en otras. Mi puta relatividad, la música y yo buscamos perdernos. Sólo soñamos con eso. Estamos en clase deshidratándonos porque no sabemos sudar eficacia como lo hacen aquí y pensamos en trasnochar aplicando el significado más puro a esta palabra. O aplicándole todos los significados posibles e inventándonos algunos más. Queremos perdernos las tres porque ahora mismo es la única forma de encontrarme. Reventar los altavoces con Reality Check de Schneider TM (http://www.youtube.com/watch?v=ZcPYafv6T6M) y saltar desde lo más profundo a lo más profundo aún. Y entonces cuando estoy ahí (o allá o aquí) dejar que Treat me Mean, I need the Reputation de Xploding Plastix (http://www.youtube.com/watch?v=02n4T8hOnic) y Bucephalus Bouncing Ball de Aphex Twin (http://www.youtube.com/watch?v=uIeA2ct5Sew) me arrastren por el suelo, me golpeen el estómago y me dejen tirada en cualquier colchón con los ojos cerrados, las manos abiertas y la respiración saliendo y entrando a trompicones porque no soy capaz de soportar tanta belleza.

Compruebo la realidad y nunca ha sido mejor. O peor porque yo, mi puta relatividad y la música ya no entramos en esa clase de discusiones. Porque Los Angeles nos ha enseñado que lo que cuenta al final no es el juicio ni la moralidad barata que tanto me divertió por momentos.

Sí, yo y mi puta relatividad, me dijo La Chilena un día en que mis comentarios ya no dejaban ver de qué pie calzaba. Y parece que ella y yo ya nunca nos separamos.

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Pero qué grande es mi sorpresa cuando me despierto de vez cuando y me doy cuenta de que mi puta relatividad ha desaparecido por un rato y sólo quedamos la música y yo.

Y entonces lo único que tengo delante es la vida y las ganas infinitas que tengo de vivirla.

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“Hey, Merry fuckin’ Chrismas”

Los Angeles y yo mantenemos una relación curiosa. Para qué engañarnos, no nos gustamos. Ella siempre tan ella y  yo…bueno, yo tan yo. Somos como extremos que nunca se tocan, una pareja de esas que sólo pelea porque eso es lo que le gusta hacer pero lo esconde culpando al otro de la situación. Así somos Los Angeles y yo. Yo digo que ella es inhumana y gris, con su Hollywood de lucecitas brillantes y el culto a la fama efímera y Ella me mira entre sus colinas desde donde se puede ver todo y a la vez nada, porque Los Angeles nunca acaba y siempre me reprocha que yo quiera parar y también me acusa de perder el tiempo leyendo libros cuando debería estar yendo en patines por Venice Beach.

Hoy, a 25 de diciembre, El Italiano Indie, La Hawaiiana y yo nos hemos decidido por no sentirnos solos y hemos comprado una tarta de esas que sólo se ven en las películas y en casa de La Black Magic Woman y vamos a celebrar un brunch digno. Con fruta, zumo de naranja fresco, nutella (El Italiano Indie se ha negado tácitamente a desterrarla aunque no sea americana y a mí me ha parecido muy bien), croissants, pancakes, huevos revueltos, té y tantas otras cosas. Son las 3.09 a.m. y mientras suena un blues de Fleetwood Mac, uno de esos de cuando todavía eran buenos y no una insípida banda de pop rodeada de floripondios, La Hawaiiana se ha levantado y me ha dicho ‘Hey, merry fuckin’ Chrismas’. Acto seguido se ha vuelto a dormir. Y así es como se vive la navidad aquí, merry fuckin’ Chrismas porque el sol que calienta no deja sentir el frío al que estoy acostumbrada en diciembre y por eso tengo que irme a cualquier bar de tacos mexicano y tomarme una horchata como cantan Vampire Weekend en su canción.

Y es que siempre me estoy peleando con Los Angeles pero luego sólo quiero perderme en Santa Mónica marcando el compás de los músicos callejeros o bailando dubstep en cualquier club de la inacabable escena underground que tiene esta ciudad. Proclamo a gritos que te odio L.A, pero sabes que luego siempre te susurro al oído que no quiero ir a ningún otro lugar. Pero oye, no te pongas quisquillosa, que ya sabes que siempre he sido de relaciones complicadas y además, si no querías esto, ¿Por qué me dejaste entrar a tu mundo de cemento, humo y cristal?

Unodostrescuatro.

Uno, dos, tres, cuatro. Respira.

Uno, dos, tres, cuatro. Bla, bla, bla. Murmullo, no espera, es un grito. Sí, es un grito.

Unodostrescuatro, etcétera.

Suena The End de Kings of Leon porque no puedo dejar de escuchar esta canción. Una y otra vez. Unodoscuatrotres. He comprado velas y he puesto un incienso. Son las 12.41 de la noche y yo vuelvo de la habitación de El Mexicano. Todos estaban allí. Todos, ellos y las cervezas también. Cerveza barata como siempre y mi estómago lo sabe y se rebela ahora mismo contra mí. Yo no digo que Estrella Damm sea una buena cerveza, sólo pienso que nada es peor que Kingstone Light.

Unodostrescuatro y suena Sex on Fire y yo y mi cabeza hablamos. Bla, bla, bla.

Bla, bla. El Bastardo me ha hecho los deberes de italiano. Él ha llegado a las seis de su mañana borracho a su casita de Bologna justo cuando yo iniciaba mi peregrinaje hacia el mundo del alcohol porque el cambio de horario es lo que tiene y le he dicho: Bastardo, hazme los deberes y él me ha mirado (como miran unos ojos ebrios a través de Skype y nada más) y me ha dicho que sí mientras se quitaba la camiseta. No te quites la camiseta ahora Bastardo, que me distraes – le he dicho- pero daba igual porque era demasiado tarde. Ya estaba distraída y él lo sabía como siempre sabe que tiene esa asombrosa capacidad de distraerme (y cómo le divierte!). El Bastardo que siempre me agarra por dentro y entonces olvido muchas cosas porque en la cabeza tengo un espacio limitado. Su penitencia por tal desatino? Hacer mis deberes de italiano, la mía? Tratar de olvidar con todas mis fuerzas que está sin camiseta al otro lado del océano.

Unodostrescuatro. Estaba en una habitación ajena con gente no ajena. Con El Italiano Indie, El Americano, Las Neozelandesas, La Australiana, La de Wisconsin, La Romana, El Madrileño, El Joker. Todos ellos y más. Creo. Y he salido al balcón a tomar el fresco, he vuelto a entrar, he escuchado R.E.M y me he caído en el sofá. Han pasado más cosas. Creo.

La TurKA me dijo que debería escribir una crónica de fiesta justo cuando volviese y como siempre le hago caso (sí, sí) pues en esas estoy aunque creo que es algo desafortunada porque no ha habido ninguna fiesta en realidad, sólo gente no ajena bebiendo cerveza ajena y escuchando Vampire Weekend mientras intentábamos aclarar si los ases eran mejor que los reyes en una baraja de cartas de póker.

Unodostrescuatro-seis-.

La 1.02. Deja de sonar ya Sex on Fire me digo, le digo a Spotify porque esa canción sólo me lleva a un lugar y ahora no es el mejor momento para volver. Y hablando de volver, llevo contando unodostrescuatro desde hace una hora porque cuando venía a mi refugio he encontrado unas escaleras frente a mí. Y no sabía cómo subirlas. Y me he parado frente a ellas, qué gran obstáculo. Y entonces, así por casualidad (pero no por casualidad porque eso no existe) he recordado a La Rumana de París llamándome el verano pasado desde su pueblo. Trasnochada, estoy bajando las escaleras de mi casa –me decía con voz aguda y notablemente afectada por los grados de alcohol de algún cubata- uno, dos, tres, cuatro!

Así es como lo hacía para poder bajarlas, las contaba! Exacto, eso es. Y entonces lo he hecho, las he contado unodostrescuatro. Y con la voz de La Rumana de París he llegado a mi habitación y me he puesto a hablar con mi cabeza. Bla, bla, bla pero como un eco desde hace una hora sigue apareciendo el unodostrescuatro y La TurKA diciéndome que escriba mientras tenga alcohol en el cuerpo. Y la Rumana de París salvándome de dormir bajo las escaleras y El Bastardo sin camiseta.

Y Unodostrescuatro.

 

Primera persona vs. tercera persona

Un profesor con gorro de cowboy asegura que las sociedades europeas son primitivas, especialmente las mediterráneas mientras me pregunta si España tiene uno o dos partidos políticos. Sorprendida ante el comentario y la pregunta (pero como me sorprendería si alguien me golpease con una piedra en la cabeza) sólo soy capaz de responder con un pobre y triste sonido gutural. Y silencio. Me miran todos, no miro. Me miran más y peor y yo me callo mientras agacho la cabeza.

En una clase con 400 personas a mi alrededor casi puedo sentir como los pies de mis compañeros de clase pasan por encima de mí y siento también como si alguien me estuviese clavando las uñas muy fuerte de arriba hacia abajo, dibujando rayas rojas y blancas, marcando cada una de las estrellas de la bandera norteamericana en mi piel. Lo siento así porque mi cabeza está rozando el suelo, porque la he agachado mucho.

Mientras respiro contra las baldosas pienso que en el Mediterráneo esta situación me hubiese hecho saltar de la silla, quizá literalmente y hubiese disfrutado merendándome al falso sheriff como una niña con zapatos nuevos. Riéndome como hago siempre en la cara del que se autodenomina a si mismo Maestro. Y es que me río muy alto pero escogiendo las palabras justas. Campo a mis anchas en un mar repleto de restos de aceite barato y entre tanta mancha encuentro a otros nadadores junto a los que aprendo a reírme todavía más alto. No nos convertimos en la migraña de nadie pues con lo que disfrutamos realmente es con jugar a ser gilipollas (porque adivino que esa es la palabra que viene a la cabeza de quien nos ve desde lejos). Y mientras nuestras mentes están a años luz de cualquier plan empresarial sobre medios de comunicación no queremos revoluciones desgastadas en una ciudad que huele mal cada vez que llueve.  Que nos dejen en paz por favor –pedimos-. Y el resto del mundo, que ruede, no sabemos a dónde vamos, ni lo que queremos. Eso sí, lo que no queremos lo distinguimos desde bien lejos, quizá porque siempre ha estado ante nuestros ojos.

Mientras empiezo a notar los moratones en todo mi cuerpo (porque recordemos que 400 personas me están pisando) considero que he aprendido a nadar como nadie entre la mierda en mi pequeño rincón Mediterráneo pero resulta que El Otro Lado del Atlántico me ha agarrado fuerte, atacando con algo contra lo que no tenía defensas.

Y entonces agacho la cabeza y encojo el cuerpo contra el suelo, jugando al juego de si tapo mis ojos con las manos desapareces. Pero nada desaparece. Y me pisan.

Ellos se pegan por participar, nosotros llevamos el máximo de sillas posibles a la última fila. Ellos le ríen las gracias al profesor, nosotros nos reímos del profesor que intenta hacer gracias. Ellos creen en lo que dicen, nosotros  intentamos buscar la debilidad de cualquier argumento que se nos presente. Ellos llegan 10 minutos antes de que empiece la clase, nosotros nos marchamos 10 minutos antes de que acabe.

Ellos. Nosotros. Ellos (abismo) y yo.

Rebobina

Espera. Quiero volver a sentirlo otra vez. Rebobina! Vamos San Francisco Guy, rebobina! Sé que tú puedes hacerlo…

Ruido

Está oscuro, aunque no tanto, subimos 37 escaleras de madera y llegamos a la cima. Pero no hay nada.
Nos hemos marchado de la fiesta después de cantar Wish You Where Here, ha sido un arrebato tan repentino que justo ahora me doy cuenta de lo que estamos haciendo: buscar una piscina.

– Venga, tiene que haber una por aquí…si la encontramos saltamos la valla…-me dice-.

Colarnos en cualquier Fraternity, remojarnos para matar al calor que nos lleva abrasando todos estos días, inventarnos cualquier excusa para escapar calle arriba. Hemos dejado la fiesta atrás, hemos dejado a La Neozelandesa soltando frases malsonantes en español (No es su culpa, es lo único que le enseñamos) y al Surfero intentando arreglárselas con el diabolo. Hemos dejado al Italiano Indie en el baño. Mal. Oh sí, muy mal. Me lo ha avisado hace tres horas: “Es la primera vez que me emborracho en LA”. Pues “take it easy man” le he dicho yo. Pero él ha traído su ipod y ha empezado a sonar Stand By Me de Oasis y así, nada puede ser tomado easy.

La fiesta ya está a unas cuantas calles y resulta que aquí arriba no hay piscinas, no hay nada en realidad. Sólo los dormitorios del campus y aunque se nos ocurre más de una locura para hacer decidimos bajar. Pero The San Francisco Guy quiere ir por otro camino, quiere buscar el sendero más difícil, el lugar más perdido, el rincón inexplorado. Está oscuro y mientras hablamos sobre filosofía barata nos deslizamos (porque eso hacemos, nada de caminar) por una cuesta hasta llegar a un pequeño canal sin agua y nos quedamos quietos. Por primera vez desde que he llegado a Los Angeles puedo escuchar el silencio. Tras darme cuenta de lo mucho que lo echaba de menos miro  al cielo, como siempre, y está rojizo, como siempre también. Pero hay silencio.

Él se ríe, intenta escalar un muro imposible y corre. Corre, corre. Y yo casi sin pensarlo pero pensándolo corro. Y corro y corro. Fascinada por quien representa Lo Inesperado. Sí, The San Francisco Guy es uno de ellos –me digo-. Y es que tras un año al lado de dos personas como La Turka y El Bastardo es como si hubiese aprendido a distinguirlos entre la multitud y cuando encuentro a uno me agarro fuerte, sólo quiero que me lleve a volar a su lado. Porque yo soy lo esperado supongo, porque la paz que tengo entendiendo que no todo es calculado y predecible no la tengo con nada más, porque ellos son mi desequilibrio más equilibrante. Soy Alicia corriendo tras el Conejo y esta vez él lleva una gorra gastada y yo una camiseta manchada de cualquier cerveza.

Tras un margen de tiempo que no soy capaz de cuantificar hemos vuelto a la euforia de la fiesta y entonces quiero rebobinar. Y quiero volver a sentirlo otra vez, el silencio. Todo el ruido acumulado estos días llama a mi cabeza.

En la sala alguien tantea la guitarra y no suena bien, alguien grita y suena todavía peor y yo desaparezco porque desde que The San Francisco Guy me enseñó dónde está el silencio yo ya no quiero nada más, sólo volver allí por un segundo.

Llego al pasillo con los ojos entrecerrados y veo a dos de mis vecinos, El Japonés y El Chileno hablando sobre su compañero de habitación, El Italiano Indie, que al parecer está en el baño. Pasamos los siguientes 20 minutos decidiendo qué hacer con él y finalmente nos vamos a dormir. Son las 4 am.

Me estiro, intento volver otra vez allí, donde lo único que se escuchaba eran nuestras respiraciones y justo cuando casi he llegado un desagradable ruido proveniente del baño me aparta de cualquier recuerdo. “Joder, Italiano Indie, joder, joder!”. Y ya no puedo intentarlo de nuevo, el instante se ha ido. Y me duermo pero no descanso porque sueño con el silencio mientras Los Angeles vomita alaridos a mi alrededor.

We’re jammin’

Tengo que subir. Subir, subir. Impulsar mi cuerpo hacia arriba. Be water my friend –pienso-. Subir, subir, subir. Y un último esfuerzo. 1 segundo, 2, 3 y listos. Cuando tomo mi primera bocanada de aire respiro como si fuese la primera vez que lo hago y empiezo a darme cuenta de lo fría que está el agua en este lago de Malibú.

Malibu Creek

Miro a los dos lados, me ubico mientras La Australiana grita “Marlita, come on!” (pues así me llama, porque quería ponerme un nickname y pensó que lo mejor era llamarme Marley pero quería algo que sonase español así que Marlita es el resultado).  Y allá voy, nadando hasta el otro lado de este pequeño lago rodeado de colinas áridas e imponentes rocas inamovibles. Observamos en silencio este paisaje semidesértico del sur de California y sin querer se me escapa la risa.

– What? – me pregunta La Austrliana-.

– We are free….can you see that? – sonrío, aspiro el aire abrasador que viene directamente de México – We’re fuckin’ free!!!

Y lo somos, somos libres en estos pequeños momentos que atesoro en mis bolsillos como si cada vez que encuentro uno fuese a ser el último. En 5 minutos el sol me ha secado por completo y mientras pienso que El Surfero se mueve como pez en el agua, la chica de Arizona se lanza al agua profiriendo insultos contra una pobre abeja. Esto me hace recordar a La Genovesa. Dónde estará ahora? –me pregunto- Quiero sentirla cerca, justo en este momento. Cierro los ojos y hago el esfuerzo pero el implacable e irreal sol de Malibú me lo impide.

Tras unas horas (o días quién sabe, porque a veces el tiempo no significa nada) vamos al puente, nos sentamos y miramos hacia el horizonte. La subida por las colinas ha sido dura, alguien me ha dicho que hoy hemos superado los 40 grados en LA (con un insoportable aire caliente de regalo). Cuando ayer por la noche, sentados en la playa intentando abrir un vino californiano barato El Surfero me dijo que íbamos busqué alguien que me cambiase el turno de trabajo y pensé que cuándo voy a ir a Malibú si no? Parece que todas mis decisiones hasta el momento se basan en lo irrepetible. Hacer todo aquello que quizá no tenga la oportunidad de hacer de nuevo. Y mientras siento el sol secándome la piel pienso que quizá es algo que no sólo debería hacer cuando estoy a miles de kilómetros de casa.

Volvemos, quizá nos lleva 30 minutos. Al volante La Italiana, junto a ella El Brasileiro y yo. Él me dedica Bannana Pancackes de Jack Johnson y yo le digo que voy a comprarme un Ukelele porque no puedo seguir sin tocar un día más. Y lo pienso de verdad. Las autopistas inacabables nos llevan directamente al Oeste de la ciudad y suenan los Red Hot Chili Peppers. No paro de pensar que quizá nunca me había llegado a creer que los Estados Unidos fuesen reales. Y pienso que joder, que qué equivocada estaba, que resulta que cuando escucho Californication en esta ciudad cada una de sus notas se me meten en la piel y puedo sentirlas tan dentro que casi duelen. Y esto es América, donde mientras se está discutiendo en una clase con 300 personas aparece la mascota del equipo de fútbol (un oso gigante) y nos hace cantar el grito de guerra de la universidad (Luego seguimos discutiendo sobre Platón y Aristóteles, por supuesto). Sí, this is America, donde el agua es gratis en los bares y a penas encuentras gente caminando por la calle. Donde cuando te dicen que algo está cerca quieren decir 45 minutos by car. Donde la gente te pregunta “How are you?” y tú les explicas qué tal estás para luego enterarte de que únicamente se trata de un saludo de cortesía. En consecuencia no están necesariamente interesados en saber de tu vida y te miran extrañados cuando te paras a contarles que ayer tuviste un buen día. Esto es y entre pensamiento y pensamiento ya es de noche.

De vuelta a la Co-op soy la copiloto y La Italiana me da su ipod tras no encontrar ninguna radio que nos convenza. Busco. Una idea que nunca falla, algo llamado Bob Marley. Suena Jamming, una de las mejores canciones de la historia probablemente. Al menos para escuchar a todo trapo en coche cuando cae la noche en LA. I wanna jammin’ with you… canta él y nosotros también. Se acaba, sigo revisando la música de La Italiana y encuentro a Fabri Fibra, me río.

– Ah also my italian friends listen Modena City Ramblers, you know?

– Oooooh yeah! I got them here!

Y suena El Presidente de los Modena cuando recorremos las calles de Westwood y La Italiana y yo nos reímos mientras cantamos porque se nos hace realmente raro escuchar esto aquí, casi inapropiado, irreal, fuera de tono. “Il nostro Presidente è uno che lavora con la democrazia il pubblico lo adora”. Justo tras este momento de la canción viene a mí la imagen de La Genovesa diciéndome que deberíamos haber puesto esa canción en cualquiera de nuestras presentaciones de Power Point baratas. Porque sí, nuestras presentaciones siempre son baratas. Creo que en realidad nos gusta hacerlo así como carta de presentación, como auténtica declaración de intenciones. Pienso en ello, en lo que nos divierte darnos cuenta de que no tenemos la necesidad de demostrar nada a nadie mientras esperamos en el fumadero a que ocurra algo interesante y pienso también en La Genovesa diciéndome “Psé, en realidad da igual, nadie iba a entender la canción, son unos lerdaken chaval…”. Y entonces la siento cerca. A ella, a la Turka, a La Chilena, a Island, casi como si pudiese oírlas gruñir desde aquí.

En todo ello pienso mientras entro a la Co-op y me voy corriendo a la habitación casi sin saludar porque todos aquí sabemos que si te quedas a saludar amaneces en la terraza al día siguiente escuchando cualquier canción. Se trata de una auténtica ley universal en este lugar.

9.57 pm. Mierda –pienso- porque tengo todo por hacer: homework, papeleo, poner la lavadora, ordenar la habitación… pero sonrío, porque somos libres y conscientes de ello. Cómo si algo más importase!

“We’re gonna see the sunrise”

– Eh, Izar! Come on, come here, we’re gonna see the sunrise!

– Fuck, no….I’m tired man, I’m going to sleep

– Oh, no, no, nooo…come here, come on!

Y me quedo, porque no todos los días se tiene la oportunidad de ver amanecer Los Angeles.

Sunrise LA

Mientras Ankit me convence para ver nacer el sol de California yo me encojo porque aunque en la mesa haya dos botellas de cherry-vodka de dos litros vacías y unas cuantas cervezas por el suelo las noches siguen siendo frías en esta ciudad.  A todo esto el chico de San Francisco amante de las conspiraciones (pues así se ha definido él mismo) me lee las cartas del Tarot y yo intento poner mi cabeza en orden.

4 días. Ese lapso de tiempo me ha valido para llegar aquí, deshacer las maletas y saltar al abismo sin mirar. He saltado, eso lo puedo asegurar; me he zambullido hasta lo más profundo de este lugar y de mí. 5 noches. Ese lapso de tiempo me ha servido para equivocarme. Para cometer el error de olvidar el sabor del lambrusco y después arrepentirme en lo más hondo de mis entrañas. Pero he saltado y ya no puedo volver al punto de partida. Porque lanzarse a lo desconocido significa perder y ganar a la vez. Porque no se puede conseguir lo imposible. O sí, pero yo todavía no he descubierto cómo hacerlo. Así, mientras escucho premoniciones sobre mi futuro brindo por las veces que he perdido las mismas batallas.

Y llega alguien más, con comida. Hambrientos le robamos unas patatas asadas al ruso que sonriente nos cuenta que vuelve de Hollywood.

–  What the fuck are you doing?

– We’re gonna see the sunrise

– Oh shit…..ok

Y allí esperamos, en los sofás negros de la Co-op donde parece que lleve meses. Y es que en este sitio vive medio mundo: iraníes, japoneses, chinos, ecuatorianos, italianos, nepalíes, hindús, koreanos, texanos, hawaianos, gente de la East Coast, mexicanos, australianos, neozelandeses y gente de otras tantas otras nacionalidades que me quedan por descubrir. Y todos aquí, la mayoría hablando una lengua que no es la nuestra, tratando de poner en común y entender las miradas, los gestos, la forma de actuar y todas aquellas cosas que nos hacen diferentes. Y that’s the point supongo, que aquí estoy yo también, a las 6.42 am esperando a ver el sol en esta enorme jungla de metal con un hindú, un ruso que vive en Alemania y un chico de San Francisco.

– Let’s go outside…..oh shit I want a cigarrette…

– You’re not gonna find a cigarrette, the party is over man….

Así que Ankit desaparece, quiere un cigarro. Se lo he dicho, no lo encontrará. Estamos fuera, en la terraza de la Co-op, con Los Angeles a nuestros pies, sonriendo, hablando de cualquier cosa que nos haga sentir vivos. The San Francisco guy se ha quedado dormido y ya no queda nadie más. La fiesta, que empezó a las 9 ya se acabó hace un par de horas. La dispersión fue sorprendentemente rápida, cada uno a su cama o a la de otros. Algunos, aunque tambaleándose, podían irse solos. Otros han necesitado ayuda para llegar a su habitación. Y ahora quedamos sólo cuatro. Uno duerme, otro busca tabaco, y el ruso-alemán y yo volvemos a sonreír porque los del Viejo Continente no estamos acostumbrados a beber en vasos de cerveza de color rojo y comprar 2 litros de alcohol por 20 dólares.

Y así va aquí. Lo que ocurre es que empiezo a entender quiénes vienen a parar a este lugar: quien entra a la UCLA es bueno en lo suyo. No hay punto de discusión pues cada persona con la que hablo siente auténtica pasión por lo que hace. En consecuencia, entre grito y grito de borrachera se entrelazan conversaciones sobre algoritmos matemáticos que no alcanzo a entender, la caída de las Torres Gemelas y la respuesta del gobierno de Estados Unidos, química avanzada y el poder de las grandes súper potencias china e hindú.

Ankit vuelve con dos cigarros y es justo en el momento en el que el sol empieza a hacernos entrecerrar los ojos cuando decidimos que por hoy (o debería decir mañana) ya es bastante. Subo a mi habitación, me descalzo, me quito las gafas y mientras mi compañera de cuarto se prepara para ir a desayunar yo me tumbo y me sumerjo en la fantasía de los sueños sabiendo que cuando vuelva a abrir los ojos sentiré que todavía no he despertado.

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